Su nombre es desconocido por la mayor parte de nuestro pueblo, sin
embargo, fue muy popular y amado de nuestros mayores, que lo
admiraban, respetaban y escuchaban en las misiones que frecuentemente
impartía en nuestra tierra.
Su proverbial actividad, sembró de buenas acciones la sociedad de Álora. Reconciliaciones, perdones, conversiones y demás buenas obras. Decía en sus máximas que la vida es corta y el camino de la santidad es muy largo; para recorrerlo hay que no hacer paradas e ir de prisa.
Tanto ricos como pobres, lo seguían. Los primeros atraídos por su ejemplo; los segundos, ya se sabe, los pobres y olvidados son como los niños, que intuyen quien los ama de veras. Nuestro pueblo se alegraba cuando nos visitaba. Cuántos y cuántos se acordaban de Cristo con sus predicaciones y ejemplos. Para seguir a Cristo, decía el Padre Arnáiz, hay que volverle la espalda al mundo.
Dijo Lenin, que hubiera querido tener un sólo Francisco de Asís entre sus filas. Pues bien, cuántos y cuántos políticos hubieran querido tener entre sus filas a un sólo Tiburcio Arnáiz, el cual opinaba que debíamos imitar a las locomotoras del ferrocarril que por su generador de fuerza, corren y llevan a otros al destino deseado.
Recorrió los campos andaluces llevando la fe, la esperanza y el amor. En 1922 inició, junto a María Isabel González del Valle, su Obra de las Doctrinas Rurales, que aun perduran y a la que tanto deben, por el bien que hicieron, en la Sierra de Gibralgalias. Entre sus obras y fundaciones, se encuentra la Iglesia del Sagrado Corazón de Las Mellizas. Precisamente en este templo un obrero de filiación izquierdista entró en esta Iglesia, en aquellos momentos sólo se hallaba en ella el Padre Arnáiz, orando de rodillas ante el Sagrario y ante el asombro y espeluzno del obrero se elevó por el aire. Lástima que muriera este testigo y no pudiera aportarlo a la causa de beatificación.
Cuando se alojaba en las casas, comía muy frugalmente; se pasaba las noches en vela orando, desbaratando la cama para simular haber descansado. Se podía comparar al Cardenal Cisnero, que cuando murió y enseñaban el palacio episcopal de Toledo, señalaban un magnífico lecho con dosel, diciendo: esta era la cama del Cardenal Cisnero y sacando de debajo de ella una dura tarima con ruedas, añadían: y aquí donde dormía Fray Francisco.
Murió agotado el 18 de julio de 1926, en olor de santidad. Su entierro fue multitudinario. Todas las clases sociales de Málaga y Andalucía asistieron al sepelio. Cuando incendiaron el 11 de mayo de 1931 la Iglesia de los Jesuitas, su tumba fue anónimamente respetada por la turba. En Álora su recuerdo aún perdura. Son muchos los que se trasladan en día 18 de Julio a Málaga, para conmemorar su día.
Regino A. Bootello Miralles.